Sentir los Miedos – Celos

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Y de repente un día martes estás charlando de cualquier cosa cuando ves venir a los celos y pensamientos galopando sobre tu cabeza, se van acercando y ahí es cuando no sabes si salir corriendo o por fin, mirarlos.

Al final, al mirarlos no sufrimos ningun accidente ni pasa nada grave, creo que era más la sensación horrible de lo que iba a pasar que lo que pasó. Simplemente me quede en silencio, busqué de donde venían y claramente los ví en la oscuridad, el miedo, la inseguridad.

Del pensar que no merezco un amor hermoso y puro, que seguro va a preferir estar con otra persona que sea más copada, más linda, con más energía, que haga más cosas lindas, que bla bla bla bla. ¿Por cuánto tiempo me habré estado contando esa historia? Y como siempre elegía mirar para otro lado nunca la enfrenté, haciendo que esos miedos se fueran agrupando y apelotonando en mi interior. Hoy pensé en probar, porque no, algo distinto: mirarlos, callarme, verlos sin huir ni empezar a parlotear de cualquier otra cosa.

Y surgió eso, encontrarme con mi falta de amor propio y el creer que realmente no merezco un amor puro, hermoso, alegre que me hace bien, que me hace brillar y sonreír continuamente.  Otra cosa interesante surgió al darme cuenta que el otro no me hizo poner celosa, no hizo más que contarme algo de su vida, la que interpreto la situación y le dió significado fui yo. Otro detalle fue el pensar porqué justo esa historia me hacía sentir celosa para encontrarme que la persona de la que hablabamos estaba haciendo lo que le gustaba: cantar y bailar sin pensar ni tener verguenza. Allí el punto de la cuestión, yo quiero cantar y bailar sin que me importe hace mucho tiempo pero no me animo ni busco la forma de hacerlo.

Entonces terminé descubriendo algo hermosisismo y muy interesante: tenía que hacerme cargo de una “no decisión” que me causaba dolor, aprendí que tenía que hacerme cargo de mi deseo y ponerlo en práctica. Tan simple como eso, toda la situación me empoderó, me dió muchas energías porque dejé de darselas a algo externo: una persona, una situación, un relato del otro, para ver que era lo que me estaba reflejando. Que parte de mi estaba refunfuñando y poniéndose celosa.

Es momento de estar ahí, momento a momento, presantando atención a que pensamientos se nos cruzan y teniendo el valor de enfrentarlos sin dejarlos pasar. Porque te juro que vuelven, una y otra y otra y otra vez.

Valor, que al final de verdad que no es lo que parece, sino mucho más agradable: un aprendizaje de mucho valor para nosotros mismos.

 

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